Por Silvia García Esteban. Madre, superviviente de psicosis, formadora de profesionales y colaboradora en la Fundación Manantial. Texto presentado en el curso «Escribir la maternidad no hay milagro más cruel que este», de la UIMP y Fundación Manantial

Del deseo de la madre como estrago, a la construcción de un deseo posible en el que alojar a mis hijas

Soy una madre diagnosticada de psicosis, concretamente de Trastorno Bipolar, desde que tengo veinte años, aunque padeciéndola desde que tengo recuerdo de existir. Me propongo en unas pequeñas líneas, aportar mi experiencia de la maternidad  atravesada por este diagnóstico, viviendo con él y sosteniendo a mis dos hijas, a pesar de esta sombra que siempre me acompaña.

Quiero iniciar mi recorrido con dos preguntas, que seguramente estén en la mente de todos vosotros en este momento:

 ¿Es posible el acceso de una mujer diagnosticada de psicosis a una maternidad saludable, es posible para un sujeto con esta estructura, acceder a un vínculo afectivo satisfactorio con sus propios hijos?

¿Puedes acoger a tus  hijos en un deseo materno vital, a pesar de tener una estructura donde existe un daño profundo en ese vínculo inicial que se estableció con tu propia figura materna?

Trataré de contestar estas preguntas desde mi experiencia en primera persona, voy a haceros un recorrido personal, que vira entre el estrago que supuso para mí ese deseo inquietante y amenazador de mi figura materna, y la construcción de un deseo propio, no anónimo y pacífico para acoger a mis hijas. 

No solamente os presento mi experiencia en primera persona, es una experiencia atravesada por veinticinco años de tratamiento psicoanalítico, gracias al cual he podido elaborar mi propia historia, saber donde están los agujeros de mi estructura, detectar las causas de mi psicosis y a partir de esa comprensión de donde vengo, construirme como sujeto y como madre.

Siempre digo que la maternidad la construimos con las huellas de nuestro pasado, sin este profundo e incansable trabajo de elaboración, yo no hubiera podido ser la madre que soy, quizás ni siquiera madre, porque cuando llegué a la consulta de mi psicoanalista, yo ni siquiera pensaba que tuviera derecho a existir, y si algo te confronta de una manera ineludible con la existencia es la maternidad.

El deseo de la madre no sólo tiene una vertiente ideal de acoger a un hijo en la vida, el deseo de la madre también tiene una vertiente inquietante, un lado oscuro, esa pregunta que inconscientemente todo niño se hace ¿qué quiere el otro de mí? De la respuesta que el niño pueda construir, ante esta pregunta fundacional, dependerá en gran medida el destino inicial de su subjetividad.

¿Qué ocurre en la psicosis y  que ocurrió más concretamente en mi psicosis?

Ese lado oscuro, ese aspecto inquietante del deseo de mi figura materna, se convirtió en estrago, debido a que esa vertiente de ser acogida en un deseo materno vital no estaba presente, y ese deseo  se tornó en una amenaza intolerable para mi existencia.

Era un deseo cargado de hostilidad, desprovisto de afecto, donde yo no tenía lugar como sujeto, sino más bien como objeto para satisfacer unas demandas imposibles, y que muchos años después descubriría que mi interpretación fué que ese otro, del que se supone amor, en realidad escondía un deseo de muerte sobre mí.

Así a la pregunta ¿Qué quiere el otro de mí? , la respuesta que yo construí fue mi muerte y el devenir de mi psiquismo, ha sido marcado por esa relación de estrago y por esa interpretación: el deseo de mi propia muerte como el lugar que yo tenía para ese otro.

Mi interpretación no fue azarosa, los niños construyen su lugar en ese deseo materno, a partir de los dichos que el otro pronuncia sobre ellos, lo que el otro dice y lo que calla, y en esos dichos yo no salía muy bien parada “eras espantosa cuando naciste”, “tu padre estuvo a punto de tirarte a una papelera, porque no parabas de llorar”, no solamente es la presencia de estos significantes tan dolorosos, sino la ausencia absoluta de palabras que contemplaran otra forma de mirarme, esos significantes terribles pronunciados por el otro, han sido una gran interferencia en mi existencia para encontrar un lugar amable donde alojarme.

Las consecuencias que tiene para un sujeto, no ser acogido en un deseo vital, en un deseo de vida en el que poder ubicarse, son de una dimensión dramática para la vida anímica. A partir de ahí, ese deseo se tornó en persecutorio y en una amenaza continua, que yo vivía con un miedo callado y velado, miedo a enfurecer a ese otro, odiándole en silencio, tragándome mis palabras y a la vez intentando ser amada pero sin conseguirlo, no hubo ninguna posibilidad de encontrar un lugar para mi subjetividad en esa familia.

La siguiente interpretación que hice, fue que si ese otro me rechazaba, si no había un lugar vital para mí en ese deseo, era porque yo debía haber hecho algo muy terrible, y que en realidad era culpa mía el no ser  amada por ese otro que me tocó en suerte, esta fue la elección inconsciente que yo tomé, podría haber sido de otra manera, pero mi camino desde el principio fue asumir la culpa y desde esa culpa construí mi historia.

Este es el mapa de mi estructura psíquica, de donde partí, y que me ha llevado muchísimos años reconstruir, encajar cada pieza, entender mi odio, perdonarme, salir de la culpa, construirme un yo, entender que puedo rechazar a quien me trata mal y elegir mis propios afectos, entender que tengo derecho a existir y ser feliz.

Esto, que se puede decir en unas pocas líneas, es un trabajo que me ha llevado toda la vida, es el trabajo que me permitió hacer algo con ese síntoma, de ser una niña maltratada, rechazada y no amada, a convertirme en una gran defensora de la infancia, y esto se anuda con mi propia maternidad.

Ese sufrimiento infantil, me hizo siempre tener un buen vínculo con los niños y desde ahí, de ese buen encuentro con ellos, surgió mi deseo de ser madre.

Al tiempo de tener una pareja, nació en mí, un deseo muy fuerte por ser madre, que yo misma cuestionaba, me decía a mi misma que yo no podía acceder a la maternidad, porque tenía una psicosis, que yo no iba a poder atravesar todo lo que significaba un embarazo, con las dificultades que esto implicaba en el cuerpo, que son particularmente complicadas en esta estructura, que no iba a poder sostener la demanda que implicaba un hijo, en definitiva que no iba a estar a la altura.

En realidad, el significante psicosis pesaba mucho sobre mis hombros en esos momentos, la sociedad cuestiona nuestro  acceso a la maternidad, y eso que no es más que puro estigma y prejuicios, al final acaba convirtiéndose en autoestigma, lo incorporas y te cuestionas a ti misma, no permitiéndote lo que cualquier otra mujer ni siquiera se plantea cuestionar, que es la imposibilidad de la maternidad cuando te invade el deseo.

La barrera que tú misma te pones, no tiene sólo que ver con el dictado de la sociedad, tiene que ver con que está anudado a algo que es muy doloroso y que cuesta mucho atravesar: el miedo a que tu hijo padezca lo mismo que tú, ese miedo te paraliza, pues la psicosis produce un sufrimiento tan grande, que lo que te ocurre es que no quieres que tu hijo pase por lo mismo.

Es un miedo irracional, pues yo no creo que la psicosis sea hereditaria, creo como habéis podido comprobar, en los accidentes en el vínculo y no en el componente biológico, pero el miedo a pensar que no pudiera estar a la altura de esta gran responsabilidad, y que eso pudiera devenir en una estructura psicótica para mi hijo, me aterrorizaba.

Después de mucho trabajo, y de contar con el total apoyo de mi psicoanalista, que siempre apostó por mi deseo, recalcándome en muchas ocasiones además, mi buen vínculo con los niños, y que no había nada dentro de mí que fuera una barrera para afrontar mi maternidad, tomé mi decisión y  elige el camino de ser madre.

Enseguida, me quedé embarazada de mi primera hija, y para mi sorpresa no me topé con ninguna de las dificultades que mi psicosis parecía presagiar, no tuve ningún problema con los cambios en el cuerpo, ni con el parto, la maternidad no fue ningún factor de desestabilización, por el contrario fue un factor estabilizador de una fuerza impresionante.

La maternidad me estabilizó, porque aunque en un primer momento fue un choque con la realidad, esa realidad que a veces cuesta tanto con nuestra estructura, fue también un anudamiento con la vida, me dio un lugar propio en el mundo, de pronto era alguien, existía, puesto que era la madre de mi hija y  todo cobró sentido.

Desde que he sido madre, a pesar de tener una crisis posterior, nunca más he deambulado por el mundo sin saber cual era mi hueco en la existencia, desde ese momento era su madre y eso me nombraba y me daba un estatuto de sujeto como nunca había tenido hasta entonces.

Amé a mis hijas desde el primer momento de sentirlas dentro de mí, y desde ese instante me decidí a darles un lugar en mi subjetividad y en la vida, empecé a confiar en mí y en todo lo que sabía sobre la infancia, ese saber que me había proporcionado elaborar mi propio sufrimiento infantil, de pronto sabía perfectamente lo que quería hacer con mi hija y como lo quería hacer.

Mi mayor dificultad, lejos de estar en mí, volvía a estar en ese otro invasivo que continuamente interfería y que pretendía imponerme su experiencia en la crianza de sus hijos, poniendo otra vez en cuestión mi capacidad para afrontar mi maternidad, un otro al que sorprendentemente y con la fuerza que me daba mi bebé, me enfrenté y no permití su cuestionamiento, decidida a apostar por mi saber, ese conquistado con tanto trabajo.

Así descubrí por mi misma, que la Maternidad con mayúsculas no existe, que existen los encuentros y las maternidades con minúscula, y que para que justamente ese encuentro se produzca, hay que poner en cuestión todos los constructos que a veces tratan de imponernos sobre lo que es la maternidad, que ese significante está hueco de partida porque tiene que alojar un vínculo por inventar, ese encuentro entre dos personas desconocidas.

Desde que la tuve en brazos por primera vez, me di cuenta que mi hija era única, porque no hay dos bebes iguales, como no hay dos seres humanos iguales, y que tenía que tomarme tiempo para descubrirla y conocerla, que tenía que suspender todos los sentidos establecidos para crear los nuestros propios, para nombrar a mi pequeña por lo que ella era y no por lo que se suponía que era, y así comenzó nuestro camino.

Mi historia y mi psicosis, me habían enseñado todo lo que no hacer con un niño, y también que es lo que quería darle a ese bebé, y a día de hoy creo que estaba más preparada para la maternidad, que la mayoría de las personas que no han hecho este camino de elaboración de su propia historia, y que no han pasado por esta experiencia tan traumática como es la psicosis, que es una estructura psíquica muy dura, pero que te enseña muchas cosas si trabajas y te esfuerzas en construirte con los apoyos adecuados.

Mi psicosis, me enseñó que tenía que dar a esa niña que llegaba al mundo un lugar en un deseo no anónimo, no un deseo de hijo, sino un deseo en el que tuviera un lugar propio, un deseo en tanto quien era ella y no quien deseaba yo que fuera. Desde antes de nacer me empeñé en ese trabajo, en primer lugar buscándole un nombre que significara algo para mí, mi primera hija se llama Yaiza, que como su significado en guanche fue mi “arco iris”, en tanto que le dio luz a mi vida, y así lo hice con mi hija pequeña que se llama Naia, que significa deseo en euskera, porque ellas son absolutamente hijas del deseo y del amor.

El nombre propio, es algo muy importante que los padres entregan a sus hijos, es la primera palabra que los va a nombrar, y yo sé muy bien de la importancia de esas primeras palabras que hablan de nosotros, quizá fue mi primer regalo, su nombre propio, ellas conocen el significado de su nombre desde que son muy pequeñas, una de las primeras historias que les he contado, uno de los primeros cuentos con las que he tratado de darles una pista sobre el lugar que tienen en mi deseo.

Yo, que he pasado años sintiendo extrañeza por mi nombre, quizás porque nunca tuve voz propia hasta hace muy poco, porque he tardado mucho tiempo en reconocerme como sujeto, he querido que mis hijas tuvieran un significante que las representara en el que estuviera esa marca del amor en su elección.

Mi decisión sobre el camino que tomaría mi maternidad, también tiene que ver con la importancia de la palabra, yo que fui una persona huérfana de ellas, producto  de una familia en la que no había casi palabras, donde lo simbólico era apenas inexistente, tuve claro desde el primer momento, que el vinculo con mis hijas estaría rodeado de palabras.

Cuando preparaba la maleta para el hospital metía su ropa, sus pañales, pero también metía sus primeros cuentos, esos libros que les leí desde antes incluso de nacer y que las han acompañado cada día y cada noche de su vida, esas historias con las que comenzó nuestro vinculo a gestarse y que después  mi formación literaria me ha ayudado a entender lo que tan solo era una intuición.

La poeta Mar Benegas nos lo explica muy bien en su libro ¿Qué soñarán las camas?:

“Cuando lees en voz alta en el borde de la cama de tus hijos, estás haciendo algo más importante que leerles. Estás iniciando una liturgia, una ceremonia para ayudarles a atravesar la larga noche. Ese espacio sagrado, ese entrar en el bosque de lo fabuloso de la mano de alguien que nos ama. La voz, los giros, la mirada, las imágenes, sostendrán una pequeña luz, una luminaria que encenderán en el momento más oscuro.

No están cerrando los ojos, están dejándose llevar a un lugar donde la palabra es creadora, es la diosa que calma y alienta el pensamiento.

Cuando lees en voz alta en el borde de la cama de tus hijos, en realidad estás en la orilla del mar, en un embarcadero, y empujas suavemente, con esa historia su barco. Para que avancen solos y puedan llegar algún día a la otra orilla. Y por más que las tempestades los hagan zozobrar, siempre tendrán ese faro: tu voz y el recuerdo, que les ayudará a atravesar los océanos de la vida”.

Traigo estas bellas palabras, porque ilustran lo que yo he querido darles a ellas, ese faro que son las palabras, que alumbran y sostienen, para que no vivieran esa oscuridad en la que yo naufragué, historias, a través de las cuales viaja el amor, ese primer vinculo que nos ancla a la vida cuando es pacífico y está presente, pero que nos destruye y nos hace ir a la deriva cuando no está, o está de forma inquietante o amenazadora.

Mi maternidad, es una maternidad basada en el amor, en el deseo, en el respeto a mis hijas y a mí misma, en la palabra y sobre todo en el agujero, en mostrarme agujereada para ellas, ni lo sé todo, ni soy perfecta, ni lo quiero ser, las amo y me enfado, pero las quiero por lo que son ellas, por lo que las hace diferentes a mí, son mis compañeras, aprendemos juntas, crecemos juntas.

Hoy mi hija mayor tiene trece años y la pequeña ocho, son unas niñas sanas y felices, yo soy una madre que disfruta de su maternidad y se agota como todas las madres, tener una psicosis no me ha impedido ser la madre que soy, y cada día pienso emocionada que si no me hubiera atrevido a dar este paso, hoy no sería la mujer valiente que soy, y el mundo se hubiera perdido a dos personas excepcionales, como son mis hijas.

No quiero terminar sin decir unas palabras en relación a los apoyos que las personas psicóticas  necesitamos, y que yo he tenido la suerte de tener, yo soy quien soy por mi trabajo, pero también por mi psicoanalista y por mis psiquiatras, tener una psicosis no nos impide acceder a la maternidad, solamente nos hace necesitar apoyos para poder sacarla delante de una manera dichosa, es función de la sociedad otorgarnos estos apoyo, para que las personas psicóticas podamos tener una integración plena. Muchas gracias.

Silvia García Esteban

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